Vientos
nocturnos
del velo dorado
despejan el rostro
del bosque encantado.
Tristes presagios
de duendes odiados
golpean mis oídos
están asustados.
Me cuentan historias
del demonio alado
me piden que escape
que huya al prado.
Te busco princesa
belleza plateada
mi alma por ti reza
por ti reza mi espada.
Te veo a lo lejos
blanca iluminada
corro a tu encuentro
voy por mi hada.
Tomo tu mano
huyo angustiado
entre brujas y duendes
llegamos a un claro.
Te abrazo fuertemente
poseo tus labios
entierras tu daga
en mi frío costado.
Caigo torpemente
miro azorado
mi bella princesa
es el demonio alado.
El concepto de Dios o la Fuente no es algo externo; es una energía universal e inherente a todos los seres y formas de vida. Dios existe a través de nosotros, y nosotros existimos a través de Dios. Cuando Jesús dijo “el Padre y yo somos uno”, no se refería a una exclusividad personal, sino a la unidad esencial entre todos los seres y la divinidad. Así, cada ser – humano, animal, planta o mineral – es una manifestación de Dios, y no necesitamos buscarlo afuera: Dios está en nuestro interior y en todo lo que nos rodea. Al pedirle algo a Dios, realmente nos lo estamos pidiendo a nosotros mismos, y será nuestra fe y convicción las que nos permitirán manifestar lo deseado. Dios es imparcial y contiene en sí tanto el bien como el mal; es el Todo, y en ese Todo, cada experiencia y cada ser vivo es parte de una vasta expresión de libre albedrío. En esta concepción, todos somos uno. Al mirar a los ojos de otra persona o al contemplar la vida en cualquier criatura o elemento de la naturaleza, en...

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